ebrio en el ensueño de recordarte,
deshojo las lentas horas con las manos,
acariciando el pasado que me deja
en un rincón, sin rostro, abandonado.
te has galvanizado a mi mirada,
enarbolando la indiferencia como un hacha,
decapitando cada ruego, cada gesto
con el que me voy perdiendo el respeto.
muerto soy, de una muerte penosa
ni siquiera a mi entierro yo he venido,
por no ver cómo florecen ausencias
alrededor de mi féretro inhabitado.
pero brillan en la niebla de mis días
unos ecos, una insospechada ternura…
¿qué tan firmes serán los pasos
del que viene a pagar mi rescate?