Sobrevolando el lecho

Descanso sobre capas y capas de elementos dispares.
Buscando la horizontalidad, me enfrento a una cama cuya geografía es inhóspita y accidentada.
Mi torso se retuerce sobre el colchón desnudo, mientras mis piernas se elevan medio metro encima de una montaña informe conformada por dos sábanas, tres colchas, la ropa que me puse hoy, una agenda de tapas duras, tres cajas de discos compactos, un inútil peine, una lata de crema de afeitar, una mochila que aloja medio universo en su interior y otras muchas cosas que escapan a mi vista y al resto de mis sentidos excepto el de la orientación.
Quién sabe si debajo de este cúmulo de cosas no agoniza un gato, no madura un champiñón, no duerme un libro de cortázar…
Mientras no se revelen contra mí, las eras geológicas de mi cama se sucederán unas tras otras, al menos hasta la noticia de la venida de mi negrita, en que múltiples manos me nacerán para acomodar este desorden, para devolver a los cajones y a los estantes la proliferación de objetos exiliados que abunda en mi aposento.
En su lugar, una tersa suavidad horizontal saludará a mi amada al atravesar mi puerta, vacía ella de toda sospecha de la montaña rusa desde donde escribo estas líneas.

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