Ya casi me convencí de que no me leés, así que te escribo nomás de pura alegría de pensar que sí, que por ahí me leés, que por ahí te llegan mis saludos. Me gustaría saber si estás bien, si la estás pasando lindo, si estás horneando, si vas a rendir…
Pero claro, ya estás lejos, en otro país, donde mis palabras no llegan. Ya llenamos de agua esta distancia, ya sos mi antípoda transoceánica y ultramarina.
Claro que bien pueda volar hasta tan lejos, voy a ir a visitarte, a llevarte una flor de jazmín, que son las que a mí más me gustan. Me encantaría, pero no me ilusiono, ancho es el mar, y cortas mis alas, oh pobre de mí, cuervo negro…
Quizás si lanzo una botella al mar, con un mensaje en un papel; y la botella rueda estas aguas de asfalto y ripio, esquivando las velas de los colectivos y las motos, trepando las mareas de la diagonal, surcando las lomas para encallar en tu puerta, ajada ya de tal derrotero.
Y entonces se quiebra al chocar tus escalones, pare un origami de letras, tiempo atrás claras e inteligibles, pero un poquito borrosas de tanta humedad…
¿Llegarás a ver esta flor de papel? ¿la encontrarás por casualidad respirando entre las piedras? ¿o acaso dormirá en tu vereda, mustia, como un pájaro muerto o un jazmín olvidado?