Confesiones

Oh, por dios, la he matado.

Fui yo quien cerró sus párpados
después de oir el último pálpito
de su corazón en sus venas.

Con esta mi izquierda mano
sofoqué el último estertor
de su aliento,
entre sollozos de miedo
y quejidos de espanto.

Inútiles sus débiles uñas
sus sacudones de desespero.

La vida se le escurría
como un globo que sube
como el vino que se escapa
de una botella rota.

-Oh, por dios, la he matado.

Fue lo último que le oí decir,
mientras mi alma liberada
abandonaba mi cuerpo.

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